Para explicar la manera en que las escenas de posesión demoniaca de “El Exorcista” afectan a los espectadores, Slavoj Zizek utiliza el concepto lacaniano de objeto a, en particular la voz, que normalmente utilizamos como sinónimo de identidad, como algo único de cada individuo. Para Zizek, la voz es el intruso extraño, y “nosotros mismos somos los alienígenas controlando nuestro cuerpo animal” (en Fiennes, 2006). El efecto de horror entonces, queda del lado de lo ominoso según Freud, aquello no familiar que nos estremece por que en algún momento fue familiar. Hemos sido testigos de nuestra propia posesión.Shaviro explica la solución posmoderna al dilema rastreándola hasta Burroughs: “como todos saben, la inoculación es el arma preferida en contra de los virus y la inoculación sólo puede ser efectuada a través de la exposición” (citado en Shaviro, 2006), Shaviro propone entregarse a la dinámica del cambio, “acelerar el proceso de replicación viral: para así incrementar la posibilidad de mutaciones” (2006). La analogía en francés la propone Baudrillard: la única opción ante un mundo delirante es ser más delirante aún.
“Recuerda, Allen, que humano es siempre un adjetivo, nunca un sustantivo”, le contestaba Burroughs a Ginsberg en una carta. (citado en Watson, 1995)
Una alumna le comenta emocionada a su maestra que después de una visita a un hospital siquiátrico se dió cuenta de que era “súper mega humana”, refiriéndose a su capacidad de conmoverse ante las desgracias de otros, y al mismo tiempo, aclarando que no le quedaba claro pertenecer a esa categoría anteriormente. Así, lo humano se reduce al pathós de empatía, a esa modalidad retórica que apela a los sentimientos y emociones del público. Ese pathós que pasó a convertirse en sufrimiento, funda la patología, el diagnóstico de enfermedades, de padecimientos. Infección-afección-afecto. Lo humano. Lo contagioso. Lo empático. Lo patético.
El sujeto moderno, que se funda con el “yo pienso” cartesiano y su proyecto racional, acaba siendo definido por su pharmakon, su virus, su veneno-antídoto: lo emocional, lo irracional. El psicoanálisis lacaniano explica al ego de la conciencia, la identidad, como un síntoma, quizás como “el” síntoma. Nos identificamos con nuestra enfermedad.
Para McLuhan, el humano vive yendo “hacia adelante viendo por el espejo retrovisor” (1987), lo que quiere decir que todos los procesos de identidad y realidad a los que nos sujetamos son cosa del pasado, mientras sugiere un accidente debido a nuestra incapacidad de ver y entender el presente. El sujeto cartesiano es el sujeto de la imprenta, de la escritura, del punto de vista y el juicio individual, del alfabeto fonético. Y quizás por eso Burroughs proponía la adopción de un alfabeto de pictogramas. Al identificarnos como humanos, nos identificamos con la enfermedad que tuvimos la semana pasada, de la cual casi apenas sobrevivimos.