
Con el ímpetu de las vanguardias de principios del siglo XX, Dziga Vertov, cineasta ruso, criticaba el cine occidental para “liberar” a la cámara cinematográfica. Su argumento, elaborado en los años veinte, consistía en que el cine todavía estaba atrapado por el ojo humano. Proponía entonces un “kinoglaz”, un novedoso cine-ojo, capaz de “recoger impresiones de una manera que es completamente diferente a la del ojo humano”. Su argumento era también práctico, y Vertov jugaba el papel de profeta: “no mejoraremos nuestros ojos, pero la cámara puede ser perfeccionada infinitamente” (Vertov,

1988).