El lenguajes es otro nodo que define a la humanidad, y tanto el lenguaje como la sexualidad son leídos como enfermedades. Thierry Bardini sostiene que “el virus es la figura retórica maestra de la posmodernidad (sea lo que sea ésta)” (2006). En su intento de rastrear la progresión de la “pandemia”, Bardini asegura que “hemos redefinido la cultura como una ecología viral”. La lógica de la infección y el parasitismo explica cómo no puedo dejar de tararear la canción que tanto odio y también explica la necesidad imperativa de usar un celular (“no puedo vivir sin él”, dicen los más adictos). Baudrillard, por su parte, confiesa que “virtualidad y viralidad se confunden en mi cabeza” (2002). La modalidad de nuestros días es la metáfora haciéndose real, mecanismo que explica a los subgéneros (incluyendo la ciencia ficción), la psicosis, el tercer intervalo, y la ciencia-tecnología. Así, la distinción entre abstracto y real, materia e ideal, parece innecesaria para vivir en este mundo. Los post-humanos se han sentido conmovidos más veces por los personajes que aparecen en una pantalla que por las personas con que se cruzan día a día. Quizás habría que empezar a considerar a la tecnología electrónica de la información como nuestra más reciente infección.

William Burroughs es el primero en identificar al lenguaje como un virus, “y esto no es una comparación alegórica” (1970). Burroughs habla de un virus que produce modificaciones en nuestra laringe para poder hablar. El mecanismo básico del virus es el verbo “ser”, “mensaje precodificado de daño, el imperativo categórico de condición permanente” (1970). A esto le añade el artículo “El” y la fórmula “y/o”: la programación básica de nuestra realidad, de nuestra identidad. Jacques Derrida encuentra en el virus, “en lo que podría ser llamada una parasitología, una virología … la matriz de lo que he estado haciendo desde que empecé a escribir” (citado en
Bardini, 2006). La lógica de un virus, que “introduce el desorden en la comunicación, incluso desde el punto de vista biológico, … y al mismo tiempo, que no está ni vivo ni no vivo” (citado en
Bardini, 2006), explica la intención desestabilizante del proyecto de la deconstrucción de opuestos binarios (habla/escritura, hombre/mujer, etc.), de esa differance que permite la construcción de un discurso y que al mismo tiempo imposibilita su verdad totalizadora. Derrida siempre habló de infección, e incluso podemos hablar en estos términos del uso que le da a la palabra pharmakón, al mismo tiempo antídoto y veneno.
Bardini, 2006). La lógica de un virus, que “introduce el desorden en la comunicación, incluso desde el punto de vista biológico, … y al mismo tiempo, que no está ni vivo ni no vivo” (citado en
Bardini, 2006), explica la intención desestabilizante del proyecto de la deconstrucción de opuestos binarios (habla/escritura, hombre/mujer, etc.), de esa differance que permite la construcción de un discurso y que al mismo tiempo imposibilita su verdad totalizadora. Derrida siempre habló de infección, e incluso podemos hablar en estos términos del uso que le da a la palabra pharmakón, al mismo tiempo antídoto y veneno.
Varios años antes, en la abadía de Thelema, Aleister Crowley utilizaba una metodología particular para sus aprendices en el terreno de la magia. Les tenía prohibido utilizar ciertas palabras, como el pronombre “yo”. Al que lo decía, le obligaba a hacerse una cortada en el brazo (Sutin, 2000). La identidad tenía que desaparecer. En este caso particular, la letra con sangre sale.
Dawkins especula, al final de El gen egoísta, sobre la posible fusión e indiferenciación de un parásito y su huésped: “en el tiempo evolutivo, puede que (el parásito) coopere con él (el huésped) y que llegue a fundirse con sus tejidos, resultando totalmente irreconocible como parásito” (1993). En estos términos, habría enfermedades que se convierten en especie. “Puede ser que nuestras células hayan realizado hace mucho ese proceso”, dice sobre el ser humano, y permite imaginar que cada uno de nuestros órganos internos fue, en algún tiempo, un parásito. “Quizás”, sigue especulando, “todos los genes cromosómicos ‘propios’ deberían considerarse como parásitos mutuos” (1993). Burroughs ya había considerado la posibilidad de que”si un virus alcanzara un estado total de equilibrio benigno con su célula huésped”, dejaría de ser considerado como tal (“y sugiero que la palabra es ése virus” (1970)). Habría que replantear el código binario (quizás nuestra infección originaria: la distinción básica entre una y otra cosa) convertido en señal eléctrica como un virus nuevo. La mutación que produce es la nueva carne.
Los activistas anti-tecnología son los primeros en hacer el diagnóstico de nuestra patología y además, intentar una cura. De hecho, podríamos hablar de una sintomatología, que tendría que incluir que para el 2020, según la Organización Mundial de la Salud, la depresión será la segunda enfermedad más debilitante del planeta (Lasn, 2006). Al parecer, mientras más conectados estamos a través de nuestras máquinas, más solos nos sentimos.